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"Lo que más me molestaría de ser Zombie es que no pudiera escribir así que, por favor: no se coman mi
cerebro. Aunque si conocen una sexy zombie por ahí…"



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ASPIRACIONES

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La aspiradora se enredó con una maleta negra. Diecinueve años de limpiar para el señor García, el famoso cineasta, y nunca se le habría ocurrido escudriñar. Pero para Roberto, la forma del paquete delataba el contenido: miles de dólares dispuestos a cambiarle la vida. No lo dudó ni un instante.

El avión viajaba hacia el país más lejano para el que Roberto encontró asiento, mientras el señor García, al volver a su casa, no pudo comprender la razón para la desaparición de sus billetes de utilería.

LOS GIRASOLES


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No conozco muy bien los detalles, pero fue más o menos así: los militares se encontraban divididos porque el gobierno estaba apretando demasiado, y a una buena parte le parecía que eso no podía continuar, entre ellos el Coronel Rocha, quién se decidió a encabezar el golpe de estado.

El problema era que tenían que dar de baja al jefe de Estado, o conseguir su renuncia. Aprovechando un desfile militar que los reunió en la capital, coordinaron un ataque para tomarse el centro de mando. Al iniciar las maniobras de ataque, el presidente se puso a resguardo. Para evitar el enfrentamiento directo y disminuir el derramamiento de sangre, habían infiltrado un comando en la guardia presidencial. Rodeado de doce detractores bien entrenados, fue sencillo que el mandatario recapacitara y decidiera rendirse.

Sonaron las trompetas triunfales. El batallón completo marchó hasta ubicarse en alineación milimétrica en el patio central de la casa presidencial. La banda de guerra terminó su interpretación para que el Coronel Rocha en persona se dirigiera a la tropa:

-Capitán: honre a estos hombres. El comando Vanguardia ha cumplido su deber a cabalidad: sometieron al tirano que enriquecía sus arcas con los dineros del pueblo. Valientes héroes comprometidos, han arriesgado sus vidas en pro del país, sirviendo fielmente a sus propósitos. Por ello, en reconocimiento a su valor, el ejército nacional les concede el honor de recibir la cruz plateada-.

La banda volvió a la interpretación, esta vez de forma más sutil, con un himno solemne mientras los hombres del escuadrón pasaban uno por uno. Sonriendo, el Coronel Rocha los recibía estrechando su mano, mientras el Capitán les colgaba la condecoración.

Un soldado se acercó al Coronel y le dijo unas palabras al oído. Luego habló con el Capitán, mientras el Coronel se alejaba como contrariado. El General Martínez, máximo comandante de las fuerzas, con tres soles en su solapa, llegó hasta la tarima y tomó la palabra. Se hizo absoluto silencio:

-Capitán: arreste a estos hombres. Sus actos de insubordinación tienen que ser castigados de forma ejemplar: atacaron al presidente que defendía los intereses del pueblo. Traidores vendepatria, pusieron en riesgo a la democracia misma, solo en pro de sus propósitos. Por tanto, el ejército nacional les llevará ante la junta militar, en donde me encargaré que no vuelvan a ver la luz del sol-.

No recuerdo los demás hechos, pero sí recuerdo que la banda volvió a tocar, y la democracia fue restaurada.

MUROS QUE NO CAEN



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Es indignante que puedan seguir tan tranquilos por su camino, como Pedro por su casa, como si no hubiesen hecho nada de qué avergonzarse. Se fueron de aquí con los enormes bolsos de campaña, con sus pedantes acentos extranjeros y sus ínfulas de macho alfa. Preguntaron uno por uno todos los sombreros, a sabiendas de que sólo tenemos un modelo, un color y una talla, que los exponemos ordenados para que todo lo que se vea en el horizonte sea su uniformidad. Y al final no compraron nada! Qué iban a comprar, si lo que querían era averiguar cómo vivíamos. Querían saber qué pensábamos de la apertura de las fronteras, de la estrepitosa huida de nuestro líder, del amor que le profesamos tanto tiempo y ahora, ahora tenemos que esconderlo de estos invasores.

En los laberintos de mi memoria se grabaron sus palabras soeces de independencia, contra la opresión, libertad y no más dictadura. Siempre prometiendo el pasaporte a la tierra prometida, a sus hermosas vidas de viajes, objetos brillantes y ruidosos. Yo les agradezco que paren de defenderme, que no me envuelvan en sus asuntos políticos. Pero ellos tenían que esparcir su democracia.

¿Quién nos abanicará en el calor?

¿Quién va a cuidar de nosotros en la enfermedad?

¿Quién tomará las decisiones que no sabemos tomar?

¿Quién usará nuestros sombreros?

CIENTÍFICA-MENTE

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Como sabía que la evaluaría desde lejos para decidir si abordarla, Fabiola prefería poner la cita donde decenas de personas esperaban en el anonimato. Ya habían pasado más de 15 minutos y aún nadie le hablaba. De momento no quedaba más que un hombre que miraba hacia la calle, bajo de estatura, pelo perfectamente alineado y con un anillo que tenía una esmeralda rectangular.

–¿SirGiovannoti93?– preguntó.
–Eh… sí… ¿Usted es GaviFresa? –mirándola con extrañeza y disgusto–. Esperaba que se pareciera más a su foto.
–Tampoco pareces un caballero –dijo ella intentando ser graciosa–. Siento no poner la foto actual... estoy como... rellenita.
–Claro, la foto real era muy pesada–le respondió-. Creí que estaba usando Tinder, no Faaatder.
–¿Pero quién se cree?– le dijo acercándose para golpearlo.
El hombrecito se alejó unos pasos y se quedó mirándola.
–¡Ay, tan brava! No se preocupe, que a usted no se la comen ni por etapas– le gritó mientras se retiraba.

--

Los datos confirmaban que la investigación en la que trabajaban, había finalizado. Reunidos como si se tratara de recibir las notas de un trabajo, Fabiola y sus compañeros escuchaban los resultados de la medición más reciente. Lo sabían desde mucho antes, pero por protocolo se abrazaron: estaban haciendo historia. Sin embargo, todo el avance conseguido se quedaría en nada hasta que se probara en humanos. Para hacerlo legalmente faltaban años. La única solución era encontrar un caso de uso prolongado. A pesar de la alegría profesional, Fabiola parecía desanimada: estaba en un laberinto sin salida. Por fortuna tenía una forma práctica de disminuir su estrés: en el cajón del escritorio aún quedaban 3 rebanadas del ponqué de la semana. Pero justo al momento de llevarse la porción a la boca, la horrible imagen de la gente burlándose de su peso se encarnó en el miserable, cuya sonrisa antes le había parecido encantadora. Estaría mofándose de alguien más.

De forma inesperada, la suerte empezó a sonreírle a Fabiola: con su equipo tramitó la patente de su descubrimiento y en menos de un año lo convirtieron en una práctica pastilla de fácil consumo. Haber encontrado registros anónimos de la experimentación en humanos fue la clave. Alguien los había ayudado enormemente.

–Gracias. Gracias. Gracias –trataba de decir Fabiola mientras no cesaban los aplausos. Popularmente la gente llama a nuestro producto la "cura a la gordura" -la multitud aplaudió fuertemente-. No me canso de explicar que lo que logramos fue sintetizar la lipasa sensitiva, para controlar de forma efectiva, rápida y perdurable la acumulación de grasa y previene ese tipo de obesidad, SIN IMPORTAR la cantidad de comida que se ingiera -los aplausos se repetían con fervor-. Gracias… por favor. La buena noticia es doble: no sólo el producto está saliendo al mercado sino que, en agradecimiento a la gentil colaboración del pueblo italiano, he negociado a expensas de mis ganancias, para que se comercialice en este país solo al 25% de su precio a nivel mundial -el público estalló en júbilo, impidiendo que se escucharan las últimas palabras de Fabiola. Ella se alejó de la tarima con un caminar sensual, que resaltó la asombrosa delgadez de su figura.

..

Igual que todas las semanas, Fabiola se dirigió a la casa que tenía rentada -con las ganancias muy pronto sería suya-. Llevaba una bolsa rebosada de latas de comida para gatos. Una por una las destapó y las depositó en un contenedor automático. El fuerte olor la hizo retroceder un paso, pero pronto volvió a la labor. Al terminar fue hasta el sótano donde desembocaba el contenedor. Una pequeña figura humana, casi esquelética, se encontraba encadenada a una cama. La cadena de su mano derecha le permitía alcanzar el botón que activaba el contenedor. En su dedo anular brillaba un anillo con una esmeralda rectangular. Fabiola lo saludó como de costumbre, movió la cama unos metros y se dispuso a limpiarlo con dedicación. La figura no se resistió, sino que mantuvo la mirada en el horizonte. Fabiola no creía que él seguiría viviendo por mucho tiempo, pero se esforzaba en no sentirse responsable. Nunca había querido hacerle daño pero, en la investigación como en la vida, echando a perder se aprende. Quién iba a creer que en una cita a ciegas ella encontraría la solución a sus problemas.

EN LA RULETA

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Todo fue risa y alcohol hasta que sentí el arma en mi mano. Pesaba más de lo que había imaginado. De cualquier forma iba a sentir la adrenalina, el éxtasis del momento cuando la incertidumbre lo borra todo con su flujo de emociones contradictorias. Siempre fui un entusiasta de las películas de terror, de los deportes extremos, siempre aceleré hasta el fondo confiando en el freno al final de la curva… Pero algo no parecía ir bien esa noche. Tal vez fue recordar las lejanas clases de estadística que me sugerían que las apuestas estaban en mi contra, tal vez fue un aroma que me hizo recordar otra noche accidentada o solo era que me estaba volviendo viejo. Lo que fuera, hacia que el cañón fuera un abismo largo y oscuro y que dejara de ser agradable ponerlo cerca de mi sien.

Laura me miró con pena o algo de tristeza u otro sentimiento de cuidado femenino que no pude reconocer, pero que interpreté como una súplica para que no lo hiciera. Con mi dedo en el gatillo, sentí que me arrepentiría y que sería la burla de los demás. No era para tanto.

Con esa decisión en mente, nunca supe por qué mi mano se negó a retirarse ni por qué el dedo ya no se sentía mío. Tres intentos de disparo, tres compartimentos sin cartucho y yo, solo escuché el accionar del arma. En el último instante sonreí, lo recuerdo bien, aunque no sé si sería como un adiós o una risita cobarde. Y el martillo golpeó contra el tambor. El cuarto estaba vacío.

¿Valió la pena arriesgarme en este juego? Mi vocación de fósforo me hace asentir sin duda alguna.